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	<title>Proyecto Materna &#187; Artículos crianza</title>
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	<description>Apoyo a mujeres, madres y familias para la maternidad y la crianza libres y conscientes</description>
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		<title>EL CONTACTO FÍSICO Y EL SUEÑO FAMILIAR</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Oct 2008 22:22:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Susana</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Edurne Estévez
Desde el punto de vista antropológico, podemos decir que el colecho (dormir en el mismo lecho padres e hijos) es algo normal y natural, parte de nuestra herencia genética. ¿Qué hubiese pasado si en la prehistoria los bebés fuesen apartados para dormir lejos de sus madres, solos? Posiblemente hubiesen sido pasto de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/edurne-estevez-vitoria/" target="_self">Edurne Estévez</a></strong></em></p>
<p><a href="http://proyectomaterna.es/descargas/873391_motherly_love.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-183" style="float: right; margin: 8px; border: 0px;" title="873391_motherly_love" src="http://proyectomaterna.es/descargas/873391_motherly_love.jpg" alt="" width="165" height="124" /></a>Desde el punto de vista antropológico, podemos decir que el colecho (dormir en el mismo lecho padres e hijos) es algo normal y natural, parte de nuestra herencia genética. ¿Qué hubiese pasado si en la prehistoria los bebés fuesen apartados para dormir lejos de sus madres, solos? Posiblemente hubiesen sido pasto de los depredadores, o bien podrían haber fallecido sencillamente, de hipotermia. Pero este escrito no va a abundar en temas de esta índole, que todos conocemos o hemos oído ya alguna vez.</p>
<p>Muchas veces hemos oído hablar de la importancia del contacto físico en la infancia: llevar a nuestro bebé en brazos, el masaje infantil, tocarles, abrazarles, acariciarles&#8230; Hay otro momento en el que el contacto físico cobra gran importancia, y que en muchas ocasiones no es tenido en cuenta.</p>
<p>¿Qué es lo que hace importante el contacto con nuestros hijos e hijas durante el sueño? Pudiera parecer en un principio que el sueño no es más que un momento de descanso, donde desconectar de todo y abandonarse hasta la mañana siguiente.</p>
<p>Sin embargo el dormir junto a nuestros hijos nos ofrece un amplio abanico de beneficios tanto físicos como emocionales, y tanto a los padres como a los bebés y niños. El hacer del descanso nocturno una experiencia familiar indudablemente nos acerca como individuos, nos ayuda a reconocer las necesidades de nuestros pequeños más prontamente y con más eficacia. Y para ellos, el saber y sentir que sus padres, sus personas de referencia, se encuentran allí cercanos y accesibles, es un factor que contribuye a su propia seguridad, estableciendo la confianza de que sus necesidades se verán satisfechas cuando sea preciso. El sentirse contenido, acompañado, acariciado, sentir el calor y el olor del cuerpo de los padres, el ritmo de su respiración&#8230; son sensaciones familiares y cercanas para el niño, que gracias a ellas puede continuar con su descanso de manera segura y confiada.</p>
<p>Es necesario tener en cuenta que dado que el sueño es un proceso evolutivo, y los despertares nocturnos habituales y naturales, no vamos a esperar que nuestro pequeño se despierte menos&#8230; pero sí que lo haga de manera más tranquila, vuelva a dormirse antes, y con menos angustia que si se despertara y se encontrara a oscuras, solo y en silencio. Los sonidos y olores corporales del padre y de la madre, su calor, son su mundo, su referencia, su lugar seguro. Por eso entre un ciclo de sueño y otro, el sentir esa cercanía le ayuda a conciliar el sueño de nuevo en la confianza de que ellos están ahí, siguen ahí.</p>
<p>Los padres que duermen con sus hijos encuentran esta experiencia gratificante desde muchos puntos de vista. El calor del cuerpo de la madre, el olor de su cuerpo, de su leche mientras se está en período de lactancia, el sentir su cercanía, es esencial para el buen descanso del niño. Para los padres, la comodidad de poder atender sus despertares sin salir del dormitorio familiar, y tener la seguridad de que van a despertar enseguida ante sus demandas, produce una sensación de tranquilidad a tener muy en cuenta.</p>
<p>Estando en otra habitación, la madre o el padre deberían primero escuchar al bebé que se despierta, con lo que en muchas ocasiones cuando eso ocurre, el pequeño está totalmente despejado y angustiado por la falta de la persona de referencia. Ir a la otra habitación, sacar al niño de su cuna, ponerlo al pecho o mecerle hasta que vuelve a dormirse, volver a colocarle con cuidado en su camita, y rogar que no vuelva a despertarse&#8230; cosa que con frecuencia vuelve a ocurrir momentos después, ya que ese niño no tiene la seguridad de que va a ser atendido con prontitud, y no desea quedarse solo. Estas rutinas, repetidas durante muchas noches, son las que en ocasiones convencen a los padres de que sus hijos tienen algo así como problemas de sueño.</p>
<p>Por el lado contrario, encontramos el colecho. Cuando el bebé o el niño se despierta, tiene a su madre o padre cerca. Puede ser atendido, tranquilizado y amamantado sin tener que moverse de la cama, sin cambiar de lugar, la mayoría de las veces con tal inmediatez que ni unos ni otros llegan a despertarse completamente. Muchas madres no saben cuántas veces se despierta su hijo por la noche, por esta misma razón. No ha de despejarse para oírle o notarle inquieto, no ha de levantarse de la cama para amamantarle, por ejemplo. Y a la hora del descanso familiar esto es muy importante, la calidad y cantidad de sueño de ambos padres y del niño se ve mejorada sensiblemente. Los ritmos respiratorios se acompañan, e incluso se ha investigado acerca si de los mismo micro despertares que se producen debido al contacto con los padres durante el sueño inciden en un menor índice de muerte súbita del lactante.</p>
<p>También en el caso de madres y padres que trabajan fuera de casa, el contacto con sus hijos durante el descanso nocturno es recuperar ese tiempo perdido, esas caricias que las ocupaciones laborales nos arrebatan en ocasiones. La lactancia se ve favorecida, aprovechando los picos de prolactina que se producen durante la noche, y que son aprovechados por el niño para ajustar la producción materna. Y esa &#8220;barra libre&#8221; se aprovecha hasta el máximo, estando la leche nocturna más cargada de tripófano, que ayuda precisamente a conciliar el sueño.</p>
<p>En otro orden de cosas, el sentir el calor del cuerpecito de nuestros hijos, el olor de su pelo, su sonrisa al despertar&#8230; todas esas sensaciones son un regalo para los padres, que día tras día sienten cómo se va estrechando el vínculo que los une a sus pequeños.</p>
<p>El colecho ha de practicarse siguiendo unas medidas básicas de seguridad, pero una vez solventados esos pequeños momentos de organización del sueño familiar&#8230; ¿qué mejor regalo puede haber que sentirse cerca unos de otros, sentirse seguros y acompañados? Los juegos matutinos, la sonrisa de nuestros hijos cuando abren los ojos, la sensación de aprovechar el tiempo al máximo con ellos, de bebernos todos los instantes que pasamos juntos, ¿no es un verdadero regalo?</p>
<p>(Artículo publicado en el nº 1 de la revista &#8220;<a href="http://issuu.com/meisi/docs/criar_num1" target="_blank">CRIAR</a>&#8220;)</p>
<p> </p>
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<h6>Foto: <a href="http://www.sxc.hu/profile/giselaroyo" target="_blank">Gisela Royo</a></h6>
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		<title>LAS RABIETAS INFANTILES&#8230; O CÓMO COMPRENDER LO INCOMPRENSIBLE</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Oct 2008 19:51:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Susana</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
Todos hemos oído hablar de las rabietas. Hablamos de ellas con total normalidad, como algo completamente integrado en nuestro día a día, y los que somos padres nos preguntamos unos a otros con naturalidad &#8220;¿tu hijo ya ha empezado con las rabietas?&#8221; como cuando preguntamos si les han salido los dientes o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/" target="_self">Nuria Otero Tomera</a></strong></em></p>
<p><a href="http://proyectomaterna.es/descargas/695191_a_angry_and_scared_little_girl.jpg"><img class="alignleft alignnone size-medium wp-image-159" style="float: left; border: 0px;" title="695191_a_angry_and_scared_little_girl" src="http://proyectomaterna.es/descargas/695191_a_angry_and_scared_little_girl.jpg" alt="" width="100" height="150" /></a>Todos hemos oído hablar de las rabietas. Hablamos de ellas con total normalidad, como algo completamente integrado en nuestro día a día, y los que somos padres nos preguntamos unos a otros con naturalidad &#8220;¿tu hijo ya ha empezado con las rabietas?&#8221; como cuando preguntamos si les han salido los dientes o si ya sabe ir en bicicleta.</p>
<p>Ahora bien&#8230; ¿qué es una rabieta? Rabieta viene de rabia&#8230; para mí una rabieta es una demostración explícita y explosiva (con rabia, con ira) de un malestar, de un desacuerdo,  sea éste importante o no a ojos de quien contempla el cuadro. Y rabietas las tenemos todos, niños y adultos. Lo que ocurre es que a medida que nos vamos haciendo mayores vamos aprendiendo a canalizar la rabia y los enfados, vamos comprendiendo más nuestro entorno y el por qué a veces las cosas no son como esperamos, y sobre todo&#8230; aprendemos a no demostrar muchas de las cosas que sentimos porque parece ser que no está bien visto.</p>
<p>Pero ¿cuándo se produce una rabieta y por qué? Es una rabieta esa escena en una tienda de un niño gritándonos enfadado que quiere ese juguete, lo quiere, lo quiere y lo quiere; o el otro que se tira al suelo porque no quiere irse del parque; o la niña que da patadas al aire mientras grita &#8220;No te quiero&#8221;; o la que tira al suelo a manotazos un puzzle a medio montar. Pero también tiene una rabieta ese adulto que pega un puñetazo en la mesa mientras habla con el asesor técnico de su compañía telefónica, o el conductor que le grita y le da bocinazos al de delante porque no va más rápido. En realidad, se producen las rabietas fundamentalmente cuando nuestro enfado o nuestro malestar no encuentra una salida lógica. Cuando nos quedamos sin argumentos, cuando nuestra rabia es tan grande que sólo nos queda abrir la válvula de escape. En los adultos pasa menos porque, como ya he dicho, somos capaces de comprender mejor las cosas que van pasando a nuestro alrededor, de otorgarles una explicación y tenemos mayor capacidad de espera. Pero en los niños no ocurren estas cosas, y aun en el caso de que comprendan, de que entiendan que tienen que esperar, que hay que ir a casa porque hay que cenar, que se den cuenta de que el puzzle no tiene la culpa de que ellos no encuentren la pieza correcta, aun en esos casos, los niños no saben &#8220;aguantarse&#8221; la rabia. La rabieta es la expresión de sus sentimientos, de la frustración que están sintiendo en ese momento porque no pueden obtener aquello que desean&#8230; y es legítimo que lo expresen. No podemos pretender que, además de amoldarse a nuestras necesidades, ritmos y tiempos, además de intentar aprehender conceptos como el tiempo y la generosidad, se queden callados, tendremos que aceptar que lo único que les queda, en muchas ocasiones, es &#8220;el derecho al pataleo&#8221;, en su más gráfica acepción.</p>
<p>En general, coincido con Aletha Solter en que la mayor parte de las situaciones que provocan esas rabietas en nuestros hijos se pueden agrupar en tres tipos:</p>
<ul>
<li><em>El niño tiene una necesidad básica (hambre, sed, sueño&#8230;) que o bien no estamos viendo o bien, aunque la veamos, no podemos satisfacer en este momento.</em> Imaginemos a un niño de 3 años con hambre, en coche, camino a casa y en un atasco&#8230; aunque sepamos que tiene hambre y lo comprendamos, probablemente no podamos solucionar el problema; lo más habitual será una rabieta por parte del niño&#8230; ¿qué haremos? ¿reñirle por tener hambre? ¿reñirle porque llora? ¿gritarle?&#8230; nada de lo que hagamos le saciará el hambre).</li>
<li><em>El niño tiene información insuficiente o equivocada de la situación en la que nos encontramos.</em> O bien pensaba que íbamos a quedarnos más rato en el parque, o no comprende por qué hoy, precisamente hoy, tenemos prisa en el súper con lo mucho que le gusta a él jugar en el carrito, o quizás él quería comprar cereales y nosotros sólo hemos entrado a por detergente. Pararnos a escuchar qué es lo que quiere o necesita (quizás sea cierto que se han acabado los cereales), así como explicarle con antelación que hoy vamos corriendo porque tenemos médico, o peluquería, o enseñarle un reloj y explicarle a qué hora dejaremos el parque puede ahorrarnos un mal rato a los dos.</li>
<li><em>El niño necesita descargar o liberar tensiones, miedos o frustraciones presentes o pasadas.</em> Muchas veces los niños &#8220;aprovechan&#8221; cualquier mínimo detalle para entrar en una rabieta. Puede ser que estén enfadados o angustiados por cualquier otra cosa y la situación actual sólo sirva de detonante. Tal vez algo que ocurrió en la escuela, donde no se siente tan seguro como en casa, no sale hasta que está con nosotros, en confianza absoluta. En este caso, al igual que en los anteriores, cortar la expresión de rabia no va a hacer más que aumentar el malestar y dilatar en el tiempo la descarga.</li>
</ul>
<p>Así, desde este punto de vista, no encuentro demasiadas situaciones &#8220;enrabietadas&#8221; que me parezcan dignas de reproche. Son, sencillamente, señales de alarma. Oportunidades. Para nosotros. Para intentar comprender qué nos está pidiendo nuestro hijo. Para saber si necesita algo de nosotros, tal vez algo material, pero quizás sólo una explicación para que el mundo tenga un poco más de sentido. Quizás, tal vez, sólo un poco más de tiempo con nosotros, o de tiempo a secas.</p>
<p>Así que, ante la pregunta de qué hacer cuando un niño tiene una rabieta, mi respuesta suele ser: nada. Es decir, comprender que es una demostración de lo que está sintiendo, y que por mucho que hagamos, no va a dejar de sentir. Podemos ignorarlo, reñirle, gritarle o castigarlo, y probablemente consigamos que no tenga rabietas, o que las tenga menos frecuentemente, o que las tenga menos vehementes, pero no conseguiremos que deje de sentirse mal por lo que está ocurriendo. Y conseguiremos, además, que se sienta culpable por sentirlo, cuando es absolutamente razonable que a veces se sienta disgustado. Así, ante un episodio como los que he descrito anteriormente, o cualquier otro similar, lo mejor que podemos hacer es esperar que pase, hablar con nuestro hijo si nos deja, decirle que entendemos que se siente mal por esta o aquélla razón, dar alternativas si existen, cogerle en brazos o sentarnos a su altura y aceptar el dolor que nos está mostrando. Al fin y al cabo, está siendo absolutamente sincero con nosotros, nos está confiando sus sentimientos y sus emociones, y no podemos hacer menos que aceptarlos. Ponernos de su parte, sufrir con ellos la frustración, ser realmente sus cómplices en un momento amargo será la mejor manera de que vayan comprendiendo el mundo, y lo harán con confianza plena en nosotros, que creceremos también si aprovechamos la oportunidad para profundizar en la comunicación con nuestros hijos.</p>
<p>(Artículo publicado en el nº 1 de la revista &#8220;<a href="http://issuu.com/meisi/docs/criar_num1" target="_blank">CRIAR</a>&#8220;)</p>
<p> </p>
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<p style="text-align: right;"> </p>
<h6>Foto: Jan Roger Johannesen</h6>
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		<title>¿CRIAR SIN LÍMITES?</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Oct 2008 20:47:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Susana</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Susana Prieto Mori
&#8220;Los niños necesitan límites.&#8221; ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Tantas que va camino de convertirse en un clásico de la pedagogía popular, como &#8220;eso no se hace&#8221; o &#8220;hay que compartir&#8221;. Pero si algo tienen en común esos clásicos es que se tiene fe absoluta en ellos y aun así se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/susana-prieto-mori/" target="_self">Susana Prieto Mori</a></em></strong></p>
<p><a href="http://proyectomaterna.es/descargas/562539_mother_and_child1.jpg"><img class="alignright alignnone size-medium wp-image-150" style="float: right; border: 0px;" title="562539_mother_and_child1" src="http://proyectomaterna.es/descargas/562539_mother_and_child1.jpg" alt="" width="150" height="100" /></a>&#8220;Los niños necesitan límites.&#8221; ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Tantas que va camino de convertirse en un clásico de la pedagogía popular, como &#8220;eso no se hace&#8221; o &#8220;hay que compartir&#8221;. Pero si algo tienen en común esos clásicos es que se tiene fe absoluta en ellos y aun así se dicen sin pensar, se dan por hecho sin someterlos a juicio, se usan sin saber qué significan. Son las cosas que son así, y punto. Se puede criar y educar con ellos sin tener que hacer el menor esfuerzo de reflexión ni de revisión de planteamientos. Son útiles. Son el camino fácil.</p>
<p>Pero, por una vez, demos un paseo por el otro camino, el de pensar. Cuando decimos que los niños necesitan límites, ¿sabemos qué queremos decir con eso? ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de límites?</p>
<p>El Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E. define límite como, entre otras cosas, <em>extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico</em>. Los límites son lo que en modo alguno se puede sobrepasar, el punto en el que resulta imposible ir más allá. Parece, pues, que al decir que los niños necesitan límites estuviéramos olvidando que todos tenemos límites y que eso no depende de que nadie nos los ponga. Simplemente los tenemos, lo queramos o no. El ser humano nace con los límites inherentes a su propia especie: necesita contacto, aire y alimento, y realizar determinadas funciones corporales para sobrevivir. Otros límites proceden de su entorno físico: está sometido a la ley de la gravedad, por ejemplo. A lo largo de su vida va acumulando límites como consecuencia de sus propias experiencias y traumas (miedos, fobias&#8230;), o de posibles enfermedades o malformaciones o accidentes, de las barreras arquitectónicas, etc. Todos, niños y adultos, tenemos además límites personales: el límite de nuestra paciencia, de nuestra resistencia física, de nuestra ética, de nuestro pudor&#8230; Todo ser humano, todo ser vivo en realidad, tiene límites que forman parte de su ser y los necesita para relacionarse con el mundo, para dar forma concreta a su existencia y dotarla de una realidad tangible, para recibir la influencia de su entorno y viceversa. Un ser humano sin límites físicos no existiría, un ser humano sin límites morales enloquecería. Los límites son parte de nosotros.</p>
<p>Pero no es eso lo que queremos decir con que los niños necesitan límites. Más bien hablamos de limitaciones. Nos dice el diccionario que limitar es <em>fijar la extensión que pueden tener la autoridad o los derechos y facultades de alguien</em>. Pues si los niños necesitan limitaciones ya las tienen, y de sobra. Los niños actualmente, en nuestra sociedad occidental, son las personas más limitadas del mundo. Dudo mucho que haya nadie que cargue con más limitaciones que ellos, tal vez sólo las mujeres en algunas culturas. Es cierto que los niños lo tienen todo ahora, todas las comodidades, todas sus necesidades materiales y de ocio cubiertas, todos sus derechos protegidos, pero no tienen la menor libertad. Los niños no pueden decidir: no deciden dónde quieren vivir, ni cómo, ni qué tipo de educación recibir, ni a qué colegio acudir, en la mayoría de los casos no deciden qué ropa ponerse ni qué comer, no deciden sus horarios, no pueden ir a ninguna parte sin ser acompañados y vigilados. Es necesario por su seguridad, tal vez, dejaremos ese debate al margen de momento. Pero aun en ése caso, ello no quita que reconozcamos su situación de extraordinaria limitación.</p>
<p>¿Qué nos hace entonces repetir una y otra vez que los niños necesitan límites?</p>
<p>Me inclino a pensar que lo que queremos decir es sencillamente que los niños han de aprender a ser respetuosos con los demás y a cumplir las normas de convivencia, y que han de conocer, comprender y aceptar las consecuencias de sus actos.</p>
<p>Y en eso estamos todos de acuerdo. Sin embargo, las familias que criamos a nuestros hijos con apego encontramos muchas veces miradas de reprobación, cuando no críticas directas, por no &#8220;ponerles límites&#8221;. Nos quieren decir con esto: por dejarlos decidir. Por darles libertad, o mejor dicho, por no quitarles la libertad de seguir sus deseos.</p>
<p>El debate es de orden moral, o filosófico: ¿qué es para mí el ser humano? Es un antiguo dilema: ¿Hobbes o Rousseau? ¿Es el hombre un lobo para el hombre, o es bueno por naturaleza pero la sociedad y la educación lo pervierten? Si creemos, si insistimos tanto en que el niño necesita límites ha de ser porque pensamos que el ser humano tiende de forma natural a la maldad, y que no se puede ser bueno ni tener un comportamiento adecuado si no es a base de restricción, represión, negación. Hacer lo que uno quiera está mal porque sí y por principio. No se puede dejar al niño hacer lo que quiera porque lo que quiera será necesariamente malo. En esto se basa el sistema patriarcal adictivo, que castiga el deseo y premia la obediencia, en la amargura inconsciente de nuestra propia auto-represión que nos hace intolerable ver como otro sigue su deseo sin límites, precisamente, como otro tiene lo que hemos perdido nosotros.</p>
<p>Y esto es, precisamente, lo que la crianza con apego contradice y desafía. Porque al criar de esta forma a nuestros hijos estamos creyendo en su bondad innata y natural, de forma que tal vez ellos acaben confiando en ella también, en la suya propia y en la de los demás.</p>
<p>A menudo identificamos límites con normas, y falta de límites con falta de atención y cuidado, con negligencia. Hemos oído decir que el niño necesita los límites y normas como marco referencial. A menudo en el caso de niños abandonados o maltratados nos dicen los expertos que ellos mismos los piden porque los necesitan. No nos cabe duda de que los niños física o afectivamente abandonados agradezcan que un adulto los tenga en cuenta lo suficiente como para imponerles un límite, o una norma, y que le importe si se atienen a él o si la cumplen. En estados graves de abandono emocional puede ser que el niño no sepa que nos importa, luego que importa como ser humano, si no es porque nos importa que cumpla la norma o respete al límite, y que nos importa lo suficiente como para imponerle consecuencias. Pero no son la norma ni el límite lo que les da seguridad y confianza, es la atención prestada, es el simple hecho de tenerlos en cuenta, de merecer ese tiempo dedicado.</p>
<p>No confundamos: criar con apego no es criar sin normas, ni sin límites, si así los entendemos. Es enseñar a entender y respetar las normas pero, ante todo, a entendernos y respetarnos a nosotros mismos y a los demás. Es no poner la norma por delante del niño, no dar nunca más valor a la norma que al niño. No creer que el niño aprenda a ser respetuoso a base de cumplir las normas de forma automática y porque sí, sino que él mismo las cumplirá cuando por sí mismo comprenda que los demás merecen el mismo respeto que le hemos otorgado a él a lo largo de toda su vida. Es concebir las normas como herramientas para facilitar nuestras relaciones con los demás, nuestra vida en sociedad, y no como medios para hacer entender a nuestros hijos que nos importan. Es ayudar al niño a saber que existen normas, a conocerlas y a comprender el sentido que tienen: que no es la norma la que tiene valor por sí misma, sino el compromiso que todos adquirimos de cumplirla y la confianza que por eso depositamos en ella. Es no poner el acento en los límites, sino ayudar al niño a que construya los suyos propios y reconozca y respete los nuestros. Es no convertir la crianza en una guerra de voluntades. Es distinguir las verdaderas consecuencias de nuestros actos del premio y el castigo arbitrariamente impuestos de manera artificial. No es no poner normas: es no supeditar la empatía, la comprensión y la aceptación del otro al cumplimiento de la norma, y exigir siempre primero que la norma respete a la persona.</p>
<p>(Artículo publicado en el nº 1 de la revista &#8220;<a href="http://issuu.com/meisi/docs/criar_num1" target="_blank">CRIAR</a>&#8220;)</p>
<p> </p>
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<h6 style="text-align: left;">Foto: Bianca de Blok</h6>
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		<title>CONTROL DE ESFÍNTERES: UNA CUESTIÓN MADURATIVA</title>
		<link>http://proyectomaterna.es/para-leer/crianza/control-de-esfinteres-una-cuestion-madurativa/</link>
		<comments>http://proyectomaterna.es/para-leer/crianza/control-de-esfinteres-una-cuestion-madurativa/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 29 Apr 2008 11:42:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Susana</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
Vamos a hablar de control de esfínteres. No de retirada de pañal. El pañal no deberíamos retirarlo si antes no existe control de esfínteres&#8230; y sin embargo, solemos hacerlo al revés, como si creyésemos que quitando el soporte se logra antes la maduración de una función corporal. Vamos a verlo más claro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/">Nuria Otero Tomera</a></em></strong></p>
<p>Vamos a hablar de control de esfínteres. No de retirada de pañal. El pañal no deberíamos retirarlo si antes no existe control de esfínteres&#8230; y sin embargo, solemos hacerlo al revés, como si creyésemos que quitando el soporte se logra antes la maduración de una función corporal. Vamos a verlo más claro en un ejemplo de otra función madurativa:</p>
<p>Un bebé de 13 meses que va en brazos de su madre, en su bandolera o en su carro&#8230; es igual dónde. No sabe andar, pero todas hemos escuchado que &#8220;aproximadamente entre los 12 y los 15 meses los niños empiezan a andar&#8221;. Bien, pues al bebé de nuestro ejemplo, como no da señales de aprender por sí mismo le vamos a dejar en el suelo y a partir de ahora no le vamos a coger, ni llevar de un lado a otro&#8230; así aprende a andar. ¿Absurdo? Pues es lo que hacemos cuando le quitamos el pañal a un niño&#8230; intentar que aprenda a andar a base de sacarle el soporte con el que lo acompañamos de un lado a otro.</p>
<p>Y precisamente como se trata de un proceso madurativo, no sólo no podemos hacer mucho por acelerarlo sino que además debemos admitir que es difícil que ocurra de un día para el otro. Aunque sí hay niños que un día deciden dejar el pañal y realmente nunca tienen un escape, lo habitual es que el control de esfínteres sea un complejo proceso de &#8220;ensayo y error&#8221;. Igual que sucede con otro proceso madurativo: el habla. Aunque los niños empiezan a comunicarse pronto, nadie pretende que un buen día, cuando empiezan a hablar, lo hagan con la corrección de un adulto tanto fonética como gramaticalmente, permitimos que tengan &#8220;lengua de trapo&#8221;, incluso nos hace gracia, y hasta hay quien les imita y se comunica con ellos en un lenguaje similar al suyo (mira, hijo, un &#8220;babau&#8221;, aquí viene la &#8220;lela&#8221; y cosas por el estilo). Sin embargo, en cuanto al control de la orina y las heces, no admitimos un solo &#8220;fallo&#8221;. No se trata de ponernos a hacer pis en los pantalones igual que ellos para acompañarlos, sino aceptar que, de manera natural, están aprendiendo (en gerundio), es decir, lo van haciendo poco a poco y no en el momento en que nosotros decidimos que hay que retirar el pañal.</p>
<p>Prueba de que se va produciendo poco a poco es que muchos niños (no voy a decir todos porque a algunos no les pasa, pero sí a la mayoría), aunque normalmente no tengan escapes, aunque siempre pidan pis y caca, tanto de día como de noche, de repente un día, se les olvida y tienen un escape, o se ponen nerviosos y tienen un escape, o les da la risa, o se meten tanto en una actividad que se les olvida&#8230; ¿a vosotros os pasa? ¿Nunca? ¿Ni cuando os reís mucho? Pues será porque en vosotros sí está adquirida la función, el proceso ha madurado completamente&#8230; pero en los niños no, va sucediendo poco a poco, y estos escapes son cada vez menos frecuentes hasta que, finalmente, alrededor de los 6 años, dejan, sencillamente, de ocurrir.</p>
<p>Desde este supuesto, es decir, si consideramos el control de esfínteres como un proceso madurativo, no nos puede extrañar ni molestar que nuestro hijo, un día, vuelva a pedir o a necesitar los pañales. Puede que durante unas semanas haya ido al baño o utilizado el orinal sin problemas, pero por la causa que sea de repente puede volver a haber escapes importantes, y nuestro hijo puede pedir el pañal porque no se siente a gusto mojado, o bien podemos sugerir nosotros la posibilidad de volver a usarlo. No es un retroceso, es un estadio normal del desarrollo, que dará a nuestro hijo más confianza, tanto en sí mismo como en nosotros. En sí mismo, porque será capaz de tener controlado un aspecto que suele plantearse como problemático en muchas situaciones&#8230; en nosotros, porque verá que le aceptamos sea lo que sea que decida hacer con su cuerpo y sus funciones.</p>
<p><strong>INCONVENIENTES DE RETIRAR EL PAÑAL ANTES DE QUE EL CONTROL ESTÉ INSTAURADO</strong></p>
<p>Pérdida de confianza del niño en sí mismo: Si le decimos que a partir de un momento es mayor para controlar esfínteres, y decidimos unilateralmente retirar el pañal, le estamos comunicando a nuestro hijo que, tal como hace las cosas, ya no es correcto hacerlas, y si tomamos una decisión que le afecta de una manera tan absoluta, debe ser por algo que está haciendo mal, o al menos, de un modo que a nosotros no nos complace. Eso mina la seguridad que el niño tiene en sí mismo, pero a la vez, la confianza inmensa que tiene en nosotros, la confianza de que le amamos tal cual es, con sus medias palabras, con sus saltos torpes y con sus pañales.</p>
<p>Logística de limpieza y cambio de ropa: Quizás suene absurdo, pero retirar el pañal antes de tiempo, requiere un fondo de armario considerable, además de salir de casa con mudas de todos los accesorios de cintura para abajo. Además, requiere una fregona a mano y lista en todo momento y montoncitos de ropa mojada por toda la casa&#8230; ¿de verdad creéis que nuestros hijos se sienten a gusto?</p>
<p>El idioma pis: Retirar el pañal supone establecer lo que Laura Gutman llama el &#8220;idioma pis&#8221;&#8230; desde que nos preparamos para salir empezamos a preguntar obsesivamente: &#8220;¿quieres hacer pis?, ¿has hecho pis?, ¿de verdad que no? ¿Y caca, este niño ha hecho hoy caca?&#8221; y luego, cada diez minutos, estemos donde estemos, delante de quien estemos, lo preguntamos sin descanso, incluso nos atrevemos a llevar a nuestros hijos contra su voluntad al servicio de diversos bares y restaurantes &#8220;a ver si sale&#8221;.</p>
<p><strong>PAÑAL NOCTURNO</strong></p>
<p>Parece que existe unanimidad en el hecho de que una vez retirado el pañal diurno, el pañal nocturno debe ir detrás en pocos días. Ni sí ni no&#8230; dependerá, como con el pañal diurno, de vuestro hijo, de si amanece o no con el pañal mojado y, por supuesto, de si quiere hacerlo. No pasa nada porque un niño se pase meses, o incluso años, usando pañal nocturno aunque haya dejado ya el diurno&#8230; es un control más difícil sencillamente porque el niño está completamente relajado, no está pendiente de sus posibles escapes, y como está aprendiendo, simplemente sucede.</p>
<p><strong>¿POR QUÉ NOS EMPEÑAMOS EN ADELANTAR EL PROCESO?</strong></p>
<p>No tengo ni idea de por qué lo hacían en otras épocas, pero hoy en día, la &#8220;culpa&#8221; de todo esto la tiene, principalmente, el cole. Si los niños van a la guardería, en muchas de ellas, el último año ya se organizan rondas de orinal para que se vayan acostumbrando&#8230; y si no van a la guardería, sus madres nos cuidamos mucho de, a partir de la última primavera previa al cole, ir retirando el pañal. Sencillamente porque, en la grandísima mayoría de los coles españoles, un niño con pañal no es admitido y, en el mejor de los casos, será admitido sin pañal pero sus padres tendrán que ir a cambiarlo cada vez que haya un &#8220;accidente&#8221;. Y muchas familias, simplemente no pueden permitirse dejar el trabajo, que puede no quedar en la misma ciudad, e ir al colegio una o dos veces por mañana, ni siquiera aunque esto no ocurra todos los días. Si la educación infantil comenzase a los 4 años muchas familias se quitarían de encima el problema del control de esfínteres&#8230; sucedería por sí solo en la gran mayoría de los casos en algún momento antes de la entrada en el cole.</p>
<p>Y otro de los motivos que existen para este empeño en &#8220;hacer algo&#8221; en vez de esperar que la naturaleza siga su curso la tiene la cultura de la competitividad y la eficiencia, el rollo mi hijo ya hace tal o cual, que no se diga que mi hijo se queda retrasado, pues el niño de fulanita ya no lleva pañal, la tremenda presión social que representa el que TODOS se quiten el pañal, el presumir del hijo más listo y más independiente.</p>
<p><strong>¿QUÉ PODEMOS HACER PARA AYUDAR A NUESTROS HIJOS CON EL CONTROL DE ESFÍNTERES?</strong></p>
<p>Llegados a este punto, sí hay una cosa que podemos hacer: respetarles en el ritmo y en la manera que el proceso se dé en nuestros hijos. Aceptarles tal como son, con pañal o sin él, mojados o secos, sin valorar ni juzgar si es tarde, pronto, oportuno o no quitarse o ponerse el pañal&#8230; sea lo que sea lo que nuestro hijo decida.</p>
<p>Sin embargo, si pese a todo lo dicho, existe alguna exigencia real que no podemos &#8220;saltarnos&#8221;, si en el cole no admiten a nuestro hijo con pañal y tiene que ir sí o sí porque nosotros trabajamos, y tampoco lo admiten con pérdidas ni nosotros queremos o podemos trasladarnos al cole a diario para cambiarlo y nadie va a hacerlo por nosotros, sólo os puedo dar una indicación: flexibilidad. Si vamos a retirar el pañal en algún momento y nuestro hijo no lo ha pedido, que haya tiempo suficiente para poder volver atrás todas las veces que lo creamos necesario, podemos tener varios orinales repartidos por la casa para no tener que salir corriendo al baño, podemos sacar el pañal unos días sí y otros no, a unas horas sí y a otras no, y éstas no tienen que ser siempre las mismas, se puede sacar el pañal en casa pero ponerlo al salir de casa, que es más engorroso para todos, y si vemos que es demasiado&#8230; dejarlo unos días o unas semanas y volver a intentarlo un poco después. Y siempre, aceptar que puede pasar tiempo hasta que se produzca el control, y por ello, seguir respetando lo que vaya sucediendo y los sentimientos que en nuestro vayan surgiendo.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Historia de Marta</span></strong></p>
<p>&#8220;Llegó el verano del 2005&#8230; La espada de Damocles pendía implacable sobre Hadrián, que cumplía tres añitos en Agosto. Durante todo el curso, en las reuniones de padres en la escuela infantil se había insistido, había que quitarles el pañal ese año. Las tutoras de la guardería irían organizándolos, con ayuda de los padres, en pequeños grupos, según fuesen viendo el grado de maduración, el grado de interés por el asunto, y, lo que era evidente, el grado de prisa/presión de los propios padres.</p>
<p>Por mi parte, me pasé el año en blanco, es decir, ni comenté el tema con la tutora, ni le ví el más mínimo interés en ir al baño por sí solo.</p>
<p>Así las cosas, con el verano, y aumentado el asunto con la presión familiar, y la inminente incorporación al cole de mayores, dónde no les dejarían ir sino controlaban esfínteres, me ví avocada a ser radical. Aquellos negros años en los que aún no me ponía lo suficiente al lado de mis peques&#8230;</p>
<p>Un Lunes, la propia tutora me abordó&#8230; es que Hadrián es el último que queda de su clase, con pañal. Tenemos que ponernos a ello ya. Bueno, si tu lo dicesssss&#8230;<br />
Mudas de sobra, y ninguna señal de cambio. Invariablemente todos los días, se meaba y se cagaba por encima sin complejos. Evidentemente, no era su momento.<br />
Empezó el estress exterior, los dramas en la familia si mojaba el pantalón, los aspavientos paternos si se manchaba de caca, en una palabra, la tensión.<br />
Yo intentaba que se esforzasen en lo contrario, en animarle cada vez, que por casualidad y machaconería, le salía un pis o una caca en el váter. Pero el entorno no ayudaba nada en este aspecto.</p>
<p>Sinceramente, no puedo pensar en nada más desesperante que el intento de que orines y defeques &#8220;por hábito impuesto por los otros&#8221; a unas determinadas horas, y a Hadri se lo hacían&#8230; en fín.</p>
<p>Hay que reconocer que al final del verano, no sé si por aburrimiento del tema o por propia voluntad, mejoró ostensiblemente. Pero toda esta mejora, se vino abajo con la tremenda crisis de su adaptación al cole de mayores. Si quería que nos diésemos cuenta que estaba desesperado, no podía expresarlo mejor. Se meaba y se cagaba por encima a todas horas.</p>
<p>Hadri ahora tiene 5 años, y no puedo decir que controle esfínteres al cien por cien, es más, en cuánto hay una situación de estress, es el primer síntoma, se mea por encima. Afortunadamente, la caca, sí la controla, a menos que esté malito de la tripa. Y por las noches, sigue pidiendo el pañal (esto sí se lo concedimos, evidente, no afecta a sus &#8220;relaciones sociales&#8221; sino estrictamente al ámbito doméstico).</p>
<p>Con la lección bien aprendida, nuestra segunda hija, en idéntica aula e idéntica escuela infantil, llegó al siguiente año. Yo ya era madre radical de mis hijos. Si tiene que ir con braga-pañal al cole de mayores, y tengo que dejar la oficina día sí y día también para ir a buscarla porque se mee o se cague&#8230; lo haré&#8230;</p>
<p>Afortunadamente, no hizo falta. Antes del verano, ella misma, supongo que por ver a otros niños, llegó un día a casa, y me dijo directamente, mamá, no quiero más pañal. Así se hizo, y desde ese día nunca volvió a mearse. La caca le costó un poco más, pero lo llevó estupendamente. Si se cagaba, venía, decía mamá me hice caca, ¿me limpias?, mañana ya no se me escapará, y tan ancha.</p>
<p>Lidia tiene ahora 4 años y controla esfínteres al 100%, incluso de noche.</p>
<p>Vistos estos dos ejemplos, y sabiendo que cada niño es distinto y tiene un proceso madurativo distinto, yo no tengo dudas de ningún tipo. Siempre el respeto a sus ritmos, y cuándo ellos quieran. Convencionalismos sociales y ritmos impuestos adultos, ¡¡fuera!!&#8221;</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Historia de Pilar</span></strong></p>
<p>&#8220;Debo reconoceros que el tema me traía de cabeza pese a todo lo que había aprendido y escuchado o leído tantas veces. Manuel a sus tres años y medio, largos, no presentaba el más mínimo síntoma de estar preparado, es más, se negaba rotundamente a andar sin pañal y a acercarse al inodoro o al orinal.</p>
<p>Mil veces me he cuestionado si no estaría metiendo la pata, si en mi creencia de que llegaría de forma natural, no habría dejado pasar el momento debido y había condenado a mi peque a un problema de difícil solución. A finales de Julio una tarde se me ocurrió dejarle sin pañal y todo lo que conseguí fue dos mudas de ropa mojada en la lavadora en menos de hora y media.</p>
<p>Aparte del miedo de haberme despistado, sentía su incorporación al cole como una losa, casi no he podido preocuparme de si lo llevará bien o mal porque todo hacía pensar que habría que retrasar su ingreso por el nulo control con el que llegaría a esas fechas.</p>
<p>Ahora puedo confirmaros que es lo que es, lo que siempre decimos, que llega y llega solo, sin intervención. Que cada niño es un mundo (Miguel Ángel empezó a pedirlo con dos años y poco y Manuel ha esperado hasta los 3 y mucho), pero que llega.</p>
<p>Creo que algo que sí entorpece la percepción que ellos mismos necesitan tener de su cuerpo para controlarlo y realizar su propio aprendizaje, es el pañal. Sí que conviene aprovechar todos los momentos posibles para mantenerlos desnudos, que puedan ser conscientes de que eso que les ponemos desde que nacen, esos incómodos paquetones absorbetodo, no forma parte de ellos. Lo demás, os lo prometo, es como un milagro, ocurre de un momento a otro y no hay más, no hay escapes, no hay que ponerles cada x tiempo, no hay que insistir&#8230; ¡de una sola vez!. Puedo decirlo porque ya van dos veces que lo vivo y porque esta vez, pese a las muchas dudas que he llegado a albergar, ha vuelto a ocurrir, ¡ni moja los pañales de la noche!&#8221;</p>
<p><strong>Exposición Oral. Mesa redonda organizada por la Asocia</strong><strong>ción Criar con el Corazón en Pinto (Madrid). Diciembre de 2007.</strong></p>
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		<title>PEDAGOGÍA POPULAR</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jan 2008 17:06:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
Educar es una tarea muy dura. Y hacerlo con un criterio preestablecido, difícil. Porque en realidad lo habitual es que la gente eduque como le educaron, o como dice la tele que hay que educar, o como dice la vecina, o la suegra… independientemente de que entre todas esas versiones exista coherencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/">Nuria Otero Tomera</a></em></strong></p>
<p>Educar es una tarea muy dura. Y hacerlo con un criterio preestablecido, difícil. Porque en realidad lo habitual es que la gente eduque como le educaron, o como dice la tele que hay que educar, o como dice la vecina, o la suegra… independientemente de que entre todas esas versiones exista coherencia o no… se va probando; hoy chillamos más, mañana menos, hoy decimos que sí a todo para que nuestros hijos no se frustren, mañana decimos a todo que no porque hay que enseñarles a tolerar la frustración, los lunes hablamos de los límites como el último descubrimiento de la NASA… y así seguimos, día tras día, sin pensar en cómo, cuándo o dónde comenzar un proyecto educativo que tenga que ver con nosotros mismos, con cómo somos, con lo que queremos que sean nuestros hijos. Y no nos referimos a que sean astronautas, abogados o agricultores… sino felices, simple y llanamente, felices.<br />
Hoy en día la pedagogía es popular. Por suerte o por desgracia, todo el mundo se siente con derecho a opinar sobre cómo los demás educan y crían a sus hijos. Que si tal es muy permisiva… que si la culpa la tienen los padres porque les han dado todo desde que nacieron y claro, ahora tienen unos déspotas en casa… que si yo le daba un bofetón y santas pascuas… y hasta nostalgia del zapatillazo leímos el otro día en una columna en un periódico.<br />
Pero nosotras nos preguntamos… ¿no tendrá relación el nivel de frustración, infelicidad y violencia de nuestros jóvenes y adolescentes con ese tipo de educación basada en una pedagogía de salón, tertuliana y televisiva? ¿No tendremos niños violentos y descontrolados precisamente porque hemos elegido una manera de criar que prima el control, la limitación constante y la frustración aleatoria sobre el respeto y la confianza?</p>
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		<title>TENER Y QUERER</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jan 2008 17:05:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
Tenemos:
Niños agresivos porque han sido agredidos.
Niños beligerantes que han sido criados en una guerra de poder.
Niños desconectados que han sido criados sin contacto.
Niños inestables porque nadie les ha dado seguridad.
Niños pasivos criados delante de la televisión.
Niños limitados a los que se les han impuesto límites.
Niños sin imaginación porque nadie les ha regalado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/">Nuria Otero Tomera</a></em></strong></p>
<p>Tenemos:<br />
Niños agresivos porque han sido agredidos.<br />
Niños beligerantes que han sido criados en una guerra de poder.<br />
Niños desconectados que han sido criados sin contacto.<br />
Niños inestables porque nadie les ha dado seguridad.<br />
Niños pasivos criados delante de la televisión.<br />
Niños limitados a los que se les han impuesto límites.<br />
Niños sin imaginación porque nadie les ha regalado unas alas.<br />
Niños miedosos a los que alguien les apagó la luz.<br />
Niños que fracasan porque nadie les dice que pueden triunfar.<br />
Niños mudos porque nadie ha escuchado lo que tenían que decir.<br />
Niños sordos porque nadie les ha hablado en su idioma.</p>
<p>Queremos:<a href="http://proyectomaterna.es/descargas/945592_catch_the_pigeon.jpg"><img class="alignright alignnone size-medium wp-image-145" style="float: right; border: 0px;" title="945592_catch_the_pigeon" src="http://proyectomaterna.es/descargas/945592_catch_the_pigeon.jpg" alt="" width="100" height="150" /></a><br />
Niños criados sin agresiones, a los que no se trate como enemigos.<br />
Niños besados y acariciados a los que amemos independientemente de qué y cómo sientan.<br />
Niños que vayan al parque, a la playa, al bosque… y a los que dejemos volar sin rumbo preestablecido ni límite de altitud.<br />
Niños piratas, príncipes, sapos, niños buenos y malos o ninguna de las dos cosas… niños que sean lo que quieran ser.<br />
Niños que hablen muy bajito o muy alto, dependiendo de lo que quieran decir… y padres que escuchen.</p>
<p> </p>
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<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<h6>Foto: Mike Wade</h6>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>LAS NIÑAS YA NO QUIEREN SER PRINCESAS</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jan 2008 17:05:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
“Las niñas ya no quieren ser princesas
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra;
pongamos que hablo de Madrid”
J. Sabina
Podríamos hablar también de La Habana, de Nueva York, de Buenos Aires o de La Coruña. Los jóvenes han perdido sus valores, sentenciamos tanto los profesionales como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/">Nuria Otero Tomera</a></em></strong></p>
<p align="center"><a href="http://proyectomaterna.es/descargas/785723_kids.jpg"><img class="alignleft alignnone size-medium wp-image-140" style="float: left; margin-left: 8px; margin-right: 8px; border: 0px;" title="785723_kids" src="http://proyectomaterna.es/descargas/785723_kids.jpg" alt="" width="105" height="157" /></a>“<em>Las niñas ya no quieren ser princesas<br />
y a los niños les da por perseguir<br />
el mar dentro de un vaso de ginebra;<br />
pongamos que hablo de Madrid</em>”<br />
J. Sabina</p>
<p>Podríamos hablar también de La Habana, de Nueva York, de Buenos Aires o de La Coruña. Los jóvenes han perdido sus valores, sentenciamos tanto los profesionales como la portera, sin saber muy bien a qué hacemos referencia con dicha expresión, ni tampoco si será cierta. A la vez, sin definir exactamente qué entendemos por valores, aducimos que el problema fundamental es la falta de límites, que hemos creado una generación que ha obtenido todo lo que ha querido sin conocer ni una sola frustración, sin haber aprendido lo que es el respeto y sin haber recibido un “no” a tiempo.<br />
Discrepamos profundamente. Frente a todo lo que los maestros, pedagogos, pediatras y vecindario en general creen y promulgan, opinamos que la actual generación de jóvenes es quizás la más frustrada de la historia, emocionalmente hablando. Estos adolescentes de los que hablamos han recibido muchos juguetes por Reyes y comuniones, han ido a más clases particulares, de refuerzo y extraescolares que ninguna de las precedentes, han comido bollos, golosinas, pizzas y hamburguesas jamás soñadas por sus padres y mucho menos por sus abuelos. Pero han sido víctimas de una metodología absolutamente conductista que ha olvidado los efectos a largo plazo en aras de los resultados inmediatamente mensurables. Son aquellos a los que “hemos enseñado” a tolerar la frustración, son los que lloraron incansables porque les dejábamos en la guardería, son los que “aprendieron” a compartir porque los adultos lo decían, aunque no lo hacían, son los que tuvieron voz en las reuniones familiares, pero carecieron de voto, son los que tuvieron música y libros y juguetes educativos pero nadie que jugara con ellos, son los de la “tele”, la “play” y el “móvil”, trastos que aprendieron a usar por sí mismos y que nadie se preocupó en compartir o enseñar o explicar, son los de las “asignaturas transversales” que todos, hasta los profesores, consideran “marías”; en fin, son los que recibieron, al nacer, un maravilloso libro de instrucciones sobre cómo comportarse, pero los que menos han visto a sus padres y a sus abuelos, los que menos han jugado a la pelota en la calle, los que no han dormido con la abuela, ni con los hermanos, los que tuvieron lactancia pautada cada tres horas para que no se “malcriaran”, los que comieron verduras cada jueves porque tocaba (aunque mamá comiese macarrones porque el brócoli no le gusta), los que se durmieron llorando sin consuelo porque nacieron tomándonos el pelo, los que fueron a la escuela a edad más temprana, y a la guardería para socializarse. Eso es lo que ocurre, que nuestros hijos están mal criados, no malcriados.</p>
<p> </p>
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<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<h6>Foto: Justyna Furmanczyk</h6>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>LAS IMPLICACIONES EMOCIONALES DE LA GUARDERÍA</title>
		<link>http://proyectomaterna.es/para-leer/crianza/las-implicaciones-emocionales-de-la-guarderia/</link>
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		<pubDate>Mon, 21 Jan 2008 17:04:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Susana Prieto Mori
La opción de la verdad y del amor
Insistimos mucho, muchísimo, en casa y en la escuela, en que niñas y niños aprendan a ponerse en el lugar del otro. Dejando, de momento, al margen el debate sobre la utilidad real de fomentar la empatía mediante el discurso racional y la intervención externa, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/susana-prieto-mori/">Susana Prieto Mori</a></em></strong></p>
<p><strong><img class="alignleft" style="float: left; border: 0px;" src="http://proyectomaterna.es/descargas/508597_missing_mom.jpg" alt="" width="150" height="112" />La opción de la verdad y del amor</strong><br />
Insistimos mucho, muchísimo, en casa y en la escuela, en que niñas y niños aprendan a ponerse en el lugar del otro. Dejando, de momento, al margen el debate sobre la utilidad real de fomentar la empatía mediante el discurso racional y la intervención externa, ¿por qué no predicamos con el ejemplo? Empecemos por ponernos en el lugar de los niños, exijamos después.<br />
Nuestros bebés, nuestros hijos pequeños, acuden a las guarderías a diario. Cuando tomamos la decisión de llevarlos, cuando los dejamos allí por primera vez, cada día al recogerlos y encontrarlos llorando durante el recurrente “periodo de adaptación” que todo lo justifica, ¿hacemos alguna vez el esfuerzo de ponernos honestamente en su lugar?<br />
Intentémoslo. Dediquémosles este sencillo ejercicio de empatía:<br />
Imaginemos estar de luna de miel con nuestra pareja. Hemos viajado a un país desconocido. Pasamos todo el día juntos, atendiendo tan sólo a las señales de ese cuerpo cercano, vivimos en su intimidad, nos alimentamos de su presencia y es suficiente. Estamos en pleno delirio de amor. De pronto, un día, nuestra pareja nos dice: “Ven, que vamos a ir a un sitio donde hay muchas personas adultas como tú, y libros y revistas, discos y películas. Ya verás qué bien.” Nos hace subir a un coche y nos lleva a un lugar desconocido, una casa lejos de todo de la que no nos es posible salir por nuestros propios medios. Pero no nos inquietamos, pues nuestra confianza es ciega. Entramos en la casa, hay mucha gente allí, en efecto. Algunos llevan batas blancas y hablan el idioma local. Nuestra pareja nos presenta a una de las personas de bata blanca que nos sonríe, mostrándonos con el dedo a las demás personas y todas las cosas de las que disponen allí para entretenernos. No entendemos qué vamos a hacer allí, donde no conocemos a nadie, y al volvernos en busca de nuestra pareja nos damos cuenta de que ya no está. Con el corazón acelerado de repente preguntamos, preguntamos una y otra vez mientras la bata blanca sigue sonriendo y nos empuja suavemente hacia los demás diciendo: “Hala, vete a escuchar música con los amigos.” No entendemos lo que está ocurriendo, no entendemos por qué nuestra pareja, que hasta entonces vivía por y para nosotros y que daba sentido a nuestra existencia, que era nuestra única referencia en aquel lugar extraño, nos ha abandonado entre desconocidos, no sabemos si volverá a buscarnos, ni cuándo. Nos ponemos a llorar. La bata blanca, amablemente pero con firmeza, nos dice que no, que no se llora, nos hace sentar en una cómoda butaca y nos da unos cuantos libros y revistas. Lloramos cada vez más, hasta que la bata blanca acaba sentándose a nuestro lado y trata de consolarnos cogiéndonos la mano. Cuando empezamos a tranquilizarnos se levanta y se aleja, pero la seguimos, no queremos soltarle la mano. Interviene otra bata blanca, con doctorado en psicología: “No le des tanto la mano que se va a acostumbrar. Si llora, que llore. Tiene que adaptarse.” Seguimos llorando durante un rato pero al cabo paramos, por agotamiento, por resignación, por supervivencia. Traen la comida y nos la comemos. Nos adormecemos un rato en la butaca. Miramos la tele, incluso. Tiempo después, alguien viene a buscarnos y nos lleva a la entrada. Allí está nuestra pareja esperándonos con una gran sonrisa y los brazos abiertos y nos precipitamos al refugio de ese abrazo y nos echamos a llorar de nuevo, de alivio, de emoción, de puros nervios. Y dice la bata blanca: “Oye, hemos dicho que no se llora.” Y luego: “No le hagas ni caso, ¿eh? Ha llorado un poquito al principio, pero luego ha estado fenomenal. Se lo ha comido todo, ha echado la siesta y ha visto una película. ¿Verdad que sí?” Y nuestra pareja, con una gran sonrisa: “Bueno, te lo has pasado muy bien. Mañana volvemos, ¿a que sí?”<br />
No podemos seguir negando las profundas implicaciones emocionales que tienen las guarderías para nuestros hijos, a veces también para nosotros. No podemos ignorar las consecuencias, los efectos que producen en el desarrollo emocional de los pequeños.<br />
No vivimos en un mundo ideal, vivimos aquí y ahora, y somos conscientes de que no es realista pretender que nuestros bebés, niñas y niños dejen de ser criados en las guarderías. Para muchos de nosotros, aislados en familias nucleares, carentes de redes sociales de apoyo, es la única solución.<br />
¿Qué podemos hacer entonces nosotros, como madres y padres, como educadores y responsables de los centros en que se están criando nuestros hijos? ¿Qué podemos hacer a corto plazo, qué podemos hacer aquí y ahora para ayudar a nuestros pequeños a integrar esa vivencia de la forma más humana y más respetuosa posible? La implacable maquinaria de la sociedad en que vivimos a menudo no nos deja elección. Pero, por pocas opciones que tengamos, siempre nos queda la opción de la verdad y del amor: ser honestos, reconocer el sufrimiento de los niños y humanizar los lugares de crianza.</p>
<p><strong>Seamos honestos</strong><br />
No nos engañemos. Los bebés y los niños pequeños (aclaremos que, a lo largo del texto, nos estamos refiriendo a los niños y niñas en estado fusional, previo a la adquisición del concepto del “yo”, de la toma de conciencia de su individualidad, de su ser “otra persona”, y que suele acontecer entre los dos y los tres años de edad) no necesitan las guarderías PARA NADA. Ni para relacionarse con otros niños, ni para socializarse, ni para acostumbrarse, ni para hacerse más independientes.<br />
Hoy es costumbre dejar las opiniones en temas de crianza en manos de expertos con diplomas. Las madres y padres nos consideramos profanos, solicitamos pautas y consejos de psicólogos, pediatras, pedagogos&#8230; ¿Y no nos dicen acaso los expertos en psicología evolutiva que hasta los tres años, en todo caso no antes de los dos, el niño no es capaz de desarrollar verdaderas relaciones sociales? ¿Por qué en este caso concreto decidimos desoírlos?<br />
¿Y por qué ese miedo a empezar directamente el colegio a los tres años sin haber pasado por la guardería a los dos? ¿Por qué asumimos que será más fácil adaptarse con dos años que con tres, con menos capacidad de entendimiento, con menos madurez, con menos autonomía?<br />
Las guarderías no son una necesidad de los niños, son una necesidad de las madres y los padres.<br />
Las guarderías no les vienen bien a los bebés ni a los niños pequeños. Y no nos referimos al ciclo de enfermedades sucesivas que se suele iniciar con el ingreso del niño en el centro (sin entrar ahora en consideraciones sobre si los niños enferman debido a los virus compartidos o como manifestación de su malestar emocional). Nos referimos a que no colman sus auténticas necesidades.<br />
Seamos honestos, consideremos nuestras necesidades y las de nuestros niños sin prejuicios, sin dejarnos convencer por ideas preestablecidas. ¿Qué necesitamos nosotros de verdad, y qué necesitan ellos?<br />
Nosotros, como adultos, necesitamos dedicarnos a una actividad profesional, relacionarnos con otros adultos, salir al mundo exterior, liberarnos momentáneamente de la absoluta dedicación física y emocional que exige la crianza. A menudo acudimos a las guarderías porque no disponemos de otras opciones (ayuda familiar, redes de apoyo vecinal, posibilidades económicas de contratar ayuda doméstica, etc.) o porque nos parece la más adecuada, o la menos mala. Pero, sea cual sea nuestro motivo, lo cierto es que la guardería colma nuestra necesidad concreta.<br />
Ahora bien, ¿qué necesitan realmente los niños? Los bebés y las niñas y niños en edades tan tempranas tienen pocas necesidades, aunque fundamentales e imperiosas: aparte de los cuidados materiales de supervivencia, necesitan apego, contención emocional, contacto físico, espacio para el descubrimiento y respeto por sus ritmos de desarrollo; necesidades todas orientadas al florecimiento de su personalidad. Pero, aparte de los cuidados materiales (seguridad, higiene, alimentación&#8230;) y de un ambiente cordial, ¿qué les ofrecen las guarderías? Juego dirigido, ocio programado, imposición de horarios, inglés, psicomotricidad, estimulación intelectual, clases de natación, fiestas de disfraces. Es decir, nada de lo que realmente necesitan a esas edades, nada que sea mejor que lo que tendrían permaneciendo en su hogar, en un entorno emocionalmente contenedor, al cargo de personas cercanas, vinculantes y amorosas.<br />
Seamos, pues, honestos. Reconozcamos nuestras verdaderas necesidades, nuestros motivos auténticos. Y hablemos con nuestros bebés y nuestros niños. Que sepan por qué han de pasar el día fuera de casa y cómo nos sentimos nosotros por ello. Que sepan que entendemos sus sentimientos y los aceptamos. No importa que no sepan servirse de nuestro lenguaje hablado. Decía Françoise Dolto que todo es lenguaje, y que el ser humano goza de la misma capacidad de comprensión desde su concepción hasta su muerte. Démosles esa oportunidad.</p>
<p><strong>Reconozcamos que nuestros niños sufren<br />
</strong>Para los bebés y las niñas y niños pequeños, las implicaciones emocionales del ingreso en una guardería son importantes. Si el niño ya ha adquirido el concepto del “yo”, si ya entiende que es “otra persona”, si tiene la suficiente madurez emocional, estas implicaciones no tienen por qué ser necesariamente negativas. Pero SIEMPRE son importantes, y nosotras creemos que nuestros niños merecen que por lo menos nos tomemos la molestia de considerarlo.<br />
Sin embargo, tratándose de bebés y de niñas y niños más pequeños, de los que todavía están en estado fusional completo, el impacto emocional de la separación es más serio. Pues en este caso lo importante no es la guardería en sí, sino la separación. Los bebés y las niñas y niños pequeños de edades tan tempranas conciben el mundo y se relacionan con él a través de una persona de referencia: su madre, su padre o la persona que los esté ”maternando”. Con esta persona desarrollan el apego, la relación primaria que será la base de su capacidad de relacionarse en el futuro con todas las demás personas. La separación forzada de su figura de apego trastorna completamente su realidad emocional, pues los deja incapaces de comprender el mundo. Y los bebés no tienen realidad intelectual, ni racional, ni práctica, ni lógica. ¿Podemos sinceramente creer que este hecho no es grave, que no merece que como mínimo nos planteemos lo que representa para el niño?<br />
Actualmente las guarderías nos presentan el llamado “periodo de adaptación” como la herramienta definitiva para superar sin traumas el choque con la nueva realidad cotidiana que se impone a los niños, basándose en un hecho incuestionable: que los niños se adaptan a todo.<br />
Pues sí, es cierto, los niños se adaptan a todo. Se adaptan al abandono, al hambre, a la guerra, a la enfermedad, a la pobreza. Se adaptan porque sin adaptación no hay supervivencia. Eso es lo maravilloso y a la vez aterrador de la integridad de las criaturas humanas en estado de infancia: que se adaptan a todo, que son capaces de todo, que lo perdonan todo y que pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, nos quieren igual y encuentran su felicidad siempre y en cualquier parte. Ésa es la grandeza de los niños, y ésta es la miseria de los adultos: aprovecharnos de su capacidad de adaptación, servirnos de ella y utilizarla para justificar las decisiones que en nuestro beneficio les imponemos.<br />
Se adaptan, pero no sin consecuencias. Que sean capaces de adaptarse no es razón para obligarlos a adaptarse. Y aun cuando no nos quede otro remedio, que se vean obligados a adaptarse no es razón para no reconocer el sufrimiento que eso les ocasiona. No seremos honestos con nuestros bebés y nuestros niños y niñas mientras no reconozcamos la violencia que supone el dejarlos en manos de personas desconocidas. Mientras no reconozcamos su derecho a sentirse aterrorizados o incluso simplemente molestos o en desacuerdo. Mientras les sigamos exigiendo que no lloren al sentirse abandonados. Mientras no comprendamos el abismo desolador que representa verse en un entorno extraño para un ser que no es capaz de entender el concepto de tiempo, ni de interpretar los códigos de la comunicación humana, y que carece de las referencias básicas para descifrar el funcionamiento social y físico del mundo.<br />
Escuchamos diariamente en las guarderías, a la hora de la salida, por parte de madres, padres, abuelos y educadores, frases como “no se llora”, “los amiguitos no lloran”, “eres el único que está llorando”. ¿De verdad pensamos los adultos que los niños, cuando se echan a llorar, no se sienten mal? Si les duele algo a nuestros niños, en el cuerpo o en el alma, reconozcamos su sufrimiento y démosles el derecho de expresarlo. No deberíamos negarles la expresión, legítima y liberadora, curativa, de ese dolor genuino. Si no podemos evitarles esa experiencia, no lo empeoremos obligándolos a reprimirse. Ayudémoslos aceptando su llanto con comprensión y compasión, sin imponerles tiempos ni plazos, sin juzgarlos, sin hacerles creer que no tienen motivos para sentirse mal. No tengamos miedo. Alegrémonos de que nuestros hijos sigan siendo capaces de llorar cuando nos vuelven a ver. Los niños que no lloran no son siempre niños felices, sino tal vez simplemente niños resignados.</p>
<p><strong>Por unos centros de crianza más humanos<br />
</strong>Creemos poder afirmar que todos estamos de acuerdo en que serían deseables algunas mejoras en las guarderías de nuestros hijos. Principalmente un menor número de niños al cargo de cada adulto, normas más flexibles y un trato más personalizado, más adaptado a la individualidad de cada niño.<br />
En un mundo ideal habría un adulto para ocuparse de cada niño, pero seguimos viviendo aquí y ahora, y también nosotros, como madres y padres, hemos de adaptarnos. Sin embargo, sin caer en la utopía, sería posible hacer de nuestras guarderías lugares más humanos, más respetuosos y más beneficiosos para el equilibrio emocional de todos.<br />
No hablamos de grandes inversiones, ni de mejores infraestructuras, ni siquiera de onerosos aumentos de personal. Aunque todo esto sería deseable, bastaría con empezar simplemente introduciendo determinados cambios de actitud. Por ejemplo, ya que tanto escuchamos hablar de ellos, reorientando los procesos de adaptación.<br />
Una de las normas más habituales de las guarderías es que la presencia de los padres en el centro debe limitarse a lo estrictamente necesario. En ocasiones no se les permite siquiera el acceso a las dependencias del centro. ¿Qué nos hace pensar que esto sea beneficioso para el niño? Lo dejamos en manos de completos desconocidos y hacemos todo lo posible para que sigan siendo desconocidos. Hemos de entender que al separar al niño bruscamente de su figura de apego habitual, e introducirlo en un entorno en que carece de ella, le quitamos todos los medios de que dispone para comprender el mundo, lo dejamos emocionalmente aislado, en absoluta soledad. Si tenemos que llevarlo a la guardería no podremos evitarle la separación de su figura de apego, pero nosotras creemos que podríamos reducir en gran medida su sufrimiento ayudándolo a vincularse con sus cuidadores. Conseguiríamos que éstos dejasen de ser extraños con mucha más rapidez, con naturalidad y sin violencia emocional si permitiésemos a las niñas y niños presenciar y compartir una relación real entre madre o padre y cuidadores, si las madres y los padres fuesen admitidos en los centros, si los cuidadores procurasen los primeros cuidados a los bebés en presencia de la madre o el padre, si los niños entrasen en relación con sus cuidadores a la vez que éstos entran en relación con sus madres o sus padres.<br />
Se trataría pues de una reorientación global del proceso de adaptación: concibiendo la adaptación como integración, no como separación.<br />
Entendemos que esto interferiría, aunque sólo fuera de forma provisional, con el normal funcionamiento de unos centros que actualmente no están preparados, en términos de espacio, personal e instalaciones, para acoger a madres y padres, hijas e hijos simultáneamente. Evidentemente también perturbaría los horarios de las madres y los padres, les exigiría más tiempo y más dedicación que el sistema que practicamos actualmente. Pero es cuestión de organización, de establecer turnos y horarios, de no empezar todos el mismo día. Es cuestión de implicarse. Es cuestión de prioridades. ¿Por qué otorgar siempre más importancia a los horarios y a las cuestiones organizativas que al bienestar emocional de nuestros niños?</p>
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<h6>Foto: Ryan Glanzer</h6>
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		<title>RETIRAR EL PAÑAL O CONTROLAR ESFÍNTERES: EL HUEVO O LA GALLINA</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jan 2008 17:02:03 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
El control de esfínteres y la retirada del pañal son conceptos distintos y, sin embargo, en ocasiones, los confundimos. Un niño al que se le retira el pañal sin estar preparado para ello seguirá sin tener el control de esta función aunque nos empeñemos en lo contrario. E incluso puede ser perjudicial. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/">Nuria Otero Tomera</a></em></strong></p>
<p><a href="http://proyectomaterna.es/descargas/209811_potty_training.jpg"><img class="alignleft alignnone size-medium wp-image-142" style="float: left; border: 0px;" title="209811_potty_training" src="http://proyectomaterna.es/descargas/209811_potty_training.jpg" alt="" width="113" height="150" /></a>El control de esfínteres y la retirada del pañal son conceptos distintos y, sin embargo, en ocasiones, los confundimos. Un niño al que se le retira el pañal sin estar preparado para ello seguirá sin tener el control de esta función aunque nos empeñemos en lo contrario. E incluso puede ser perjudicial. Hay muchos niños a los que, si fuésemos sinceros con nosotros mismos, deberíamos volver a poner el pañal una vez retirado, pues se ve claramente que lo hemos hecho demasiado pronto. Lo que ocurre es que nos parece un retroceso, asumimos como un fracaso educativo el que nuestros hijos continúen con pañal. Y así, nos empecinamos en seguir adelante, aplaudiendo la mínima señal de continencia. Sin embargo, aunque ya no moje la ropa y el suelo a todas horas, habrá que tener en cuenta otros aspectos. Si un niño se hace pis cuando se ríe, cuando se pone nervioso, cuando se olvida de ir al lavabo, cuando está demasiado concentrado en una actividad quiere decir que no tiene el tema controlado. A los adultos no nos pasa ninguna de esas cosas&#8230; simple y sencillamente porque sí controlamos. Así que no confundamos el hecho de que nuestro hijo (y nosotros) pueda andar con cierta dignidad por la calle, sin mancharse ni manchar, con que el control de esfínteres sea una realidad.<br />
Ahora bien&#8230; ¿por qué no esperamos a retirar el pañal cuando realmente el niño esté preparado? Al margen de las valoraciones en función de un pretendido éxito o fracaso educativo, que ya hemos apuntado, hay otras posibles explicaciones, y vamos a hablar de ellas.<br />
En primer lugar, existe un consenso casi unánime en que para que los niños controlen esfínteres, hay que enseñarles, y eso se consigue a través de la retirada del pañal. Sin embargo, lo ideal sería hacerlo exactamente al revés: esperar a quitar el pañal cuando el niño esté preparado para ello, es decir, cuando pueda controlar esfínteres por sí mismo. Esta idea, en general, produce cierto temor. Se suele creer que si uno no le retira el pañal al niño, éste nunca llegará a controlarse, y tendrá problemas de incontinencia. Lo cierto es que, a no ser que haya un problema funcional real, ningún adulto tiene problemas con el control de esfínteres. Lo que nos hace sospechar que se trata de un proceso madurativo propio del ser humano, y no un objetivo educativo que las familias o las escuelas deban asumir como propio. Desde este punto de vista, en vez de retirar el pañal y correr con el orinal detrás de nuestros hijos, sería mucho más cómodo para todos (sobre todo para los niños, que no se sentirían presionados ni evaluados) esperar a que el propio niño nos diga que ya no necesita el pañal.<br />
Además de este temor, existe un problema logístico añadido. El inicio de la Educación Infantil. En la mayoría de las escuelas de nuestro país, por no decir en la totalidad de ellas, no se admiten niños con pañal. Sabemos que es un problema real de tiempo y atención para una sola maestra o maestro tener 20 niños a los que cambiar y limpiar, pero habría soluciones intermedias si hubiera verdadera intención, por parte de las instituciones educativas, de encontrar alternativas. Pero la realidad es que no se asumen estas posibilidades porque no es sólo una cuestión de recursos humanos, sino de lo que entendemos que un niño debe o no debe saber a una determinada edad. Y pensar que todos los niños, a los 3 años (algunos a los 2 años y 9 meses) deben tener controlada esta función corporal es, cuanto menos, una idea difícil de materializar.<br />
La realidad es que cada niño controla esfínteres a una determinada edad, igual que cada niño habla, anda o salta a una determinada edad. El que se asuma habitualmente que a partir de los 2 años debemos empezar a retirar el pañal tiene más que ver con la universalización de la educación infantil, que aún sin ser obligatoria se ve como necesaria (ésta es otra historia que ya trataremos) y de las condiciones que ésta nos impone para admitir a nuestros hijos. Así que, si estamos hablando de un proceso madurativo que tarde o temprano llega a su fin, ¿por qué empeñarnos en hacer pasar a los niños por este mal trago? Dejemos a cada niño seguir su ritmo y encontrarse seguro con su cuerpo antes de imponerle una convención social.</p>
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<h6>Foto: Jyn Meyer</h6>
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		<title>EL DERECHO A ELEGIR</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jan 2008 17:01:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos crianza]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Nuria Otero Tomera
En los últimos tiempos hemos sido testigos, y a veces acaloradas participantes, en discusiones sobre el papel de la mujer en la sociedad toda vez que defendemos una relación madre-hijo estrecha, cercana y todo lo continua que las circunstancias lo permitan.
Sabemos que vivimos en un mundo parcial, en el que las desigualdades [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por <a href="http://proyectomaterna.es/doulas/nuria-otero-tomera-a-coruna/">Nuria Otero Tomera</a></em></strong></p>
<p>En los últimos tiempos hemos sido testigos, y a veces acaloradas participantes, en discusiones sobre el papel de la mujer en la sociedad toda vez que defendemos una relación madre-hijo estrecha, cercana y todo lo continua que las circunstancias lo permitan.<br />
Sabemos que vivimos en un mundo parcial, en el que las desigualdades en función de sexo, sobre todo en el ámbito laboral, siguen siendo una realidad. Quizás no la realidad que conocieron nuestras abuelas o nuestras madres, auténticas pioneras de la lucha por los derechos civiles y sociales de las mujeres, pero sí una realidad teñida de sueldos desiguales, contratos en inferioridad de condiciones, puestos condicionados a la maternidad, etc. También sigue existiendo en muchísimas familias una realidad que se multiplica por dos: un trabajo remunerado fuera de casa y un trabajo poco valorado en casa pero que a nadie corresponde si no es a la mujer-madre-esposa.<br />
Ha llevado siglos que las mujeres pudieran salir de ese círculo de fregonas y sábanas y pudieran equipararse en derechos a los hombres, buscar un empleo fuera del hogar, tener la posibilidad de que una asistenta hiciera la colada y encontrar al fin el remanso que suponen las guarderías y los colegios de educación infantil.<br />
Y ahora llegamos un conjunto de mujeres, madres, padres y familias completas que pedimos que exista la posibilidad de quedarnos en casa. Que demandamos que se prolonguen los permisos de maternidad para poder amamantar a nuestros bebés un mínimo digno y saludable. Que buscamos fórmulas inimaginables económica y familiarmente para poder permanecer al lado de nuestros hijos durante más tiempo, mucho más tiempo. Que solicitamos que las guarderías sean una opción, y no el lugar donde la sociedad nos obliga a llevar a nuestros hijos para que sean sociables y espabilados. Que no queremos, en una palabra, que la sociedad nos imponga, una vez más, las reglas del juego. La sociedad masculinizada que equipara actividad laboral a ingreso monetario, la sociedad segregadora que impone una actividad laboral remunerada y certificada fuera del hogar para hacernos sentir parte.<br />
Y a este conjunto de familias, padres, madres y mujeres se nos acusa de querer deshacer todo lo logrado. Nada más lejos de la realidad. No queremos volver atrás, sino que queremos dar un paso hacia delante en la definición de nuestros derechos. Queremos poder decidir dónde y cuándo gastar nuestra vida. Queremos poder decidir cuidar a nuestros hijos sin que eso suponga ser tildadas de antifeministas. Queremos que todas las mujeres tengan derechos, no sólo aquéllas que aceptan un rol predefinido por el mismo mundo al que pretenden estar asaltando. Queremos que el derecho a elegir no se convierta en un saco de piedras a la espalda.</p>
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