LAS IMPLICACIONES EMOCIONALES DE LA GUARDERÍA

Por Susana Prieto Mori

La opción de la verdad y del amor
Insistimos mucho, muchísimo, en casa y en la escuela, en que niñas y niños aprendan a ponerse en el lugar del otro. Dejando, de momento, al margen el debate sobre la utilidad real de fomentar la empatía mediante el discurso racional y la intervención externa, ¿por qué no predicamos con el ejemplo? Empecemos por ponernos en el lugar de los niños, exijamos después.
Nuestros bebés, nuestros hijos pequeños, acuden a las guarderías a diario. Cuando tomamos la decisión de llevarlos, cuando los dejamos allí por primera vez, cada día al recogerlos y encontrarlos llorando durante el recurrente “periodo de adaptación” que todo lo justifica, ¿hacemos alguna vez el esfuerzo de ponernos honestamente en su lugar?
Intentémoslo. Dediquémosles este sencillo ejercicio de empatía:
Imaginemos estar de luna de miel con nuestra pareja. Hemos viajado a un país desconocido. Pasamos todo el día juntos, atendiendo tan sólo a las señales de ese cuerpo cercano, vivimos en su intimidad, nos alimentamos de su presencia y es suficiente. Estamos en pleno delirio de amor. De pronto, un día, nuestra pareja nos dice: “Ven, que vamos a ir a un sitio donde hay muchas personas adultas como tú, y libros y revistas, discos y películas. Ya verás qué bien.” Nos hace subir a un coche y nos lleva a un lugar desconocido, una casa lejos de todo de la que no nos es posible salir por nuestros propios medios. Pero no nos inquietamos, pues nuestra confianza es ciega. Entramos en la casa, hay mucha gente allí, en efecto. Algunos llevan batas blancas y hablan el idioma local. Nuestra pareja nos presenta a una de las personas de bata blanca que nos sonríe, mostrándonos con el dedo a las demás personas y todas las cosas de las que disponen allí para entretenernos. No entendemos qué vamos a hacer allí, donde no conocemos a nadie, y al volvernos en busca de nuestra pareja nos damos cuenta de que ya no está. Con el corazón acelerado de repente preguntamos, preguntamos una y otra vez mientras la bata blanca sigue sonriendo y nos empuja suavemente hacia los demás diciendo: “Hala, vete a escuchar música con los amigos.” No entendemos lo que está ocurriendo, no entendemos por qué nuestra pareja, que hasta entonces vivía por y para nosotros y que daba sentido a nuestra existencia, que era nuestra única referencia en aquel lugar extraño, nos ha abandonado entre desconocidos, no sabemos si volverá a buscarnos, ni cuándo. Nos ponemos a llorar. La bata blanca, amablemente pero con firmeza, nos dice que no, que no se llora, nos hace sentar en una cómoda butaca y nos da unos cuantos libros y revistas. Lloramos cada vez más, hasta que la bata blanca acaba sentándose a nuestro lado y trata de consolarnos cogiéndonos la mano. Cuando empezamos a tranquilizarnos se levanta y se aleja, pero la seguimos, no queremos soltarle la mano. Interviene otra bata blanca, con doctorado en psicología: “No le des tanto la mano que se va a acostumbrar. Si llora, que llore. Tiene que adaptarse.” Seguimos llorando durante un rato pero al cabo paramos, por agotamiento, por resignación, por supervivencia. Traen la comida y nos la comemos. Nos adormecemos un rato en la butaca. Miramos la tele, incluso. Tiempo después, alguien viene a buscarnos y nos lleva a la entrada. Allí está nuestra pareja esperándonos con una gran sonrisa y los brazos abiertos y nos precipitamos al refugio de ese abrazo y nos echamos a llorar de nuevo, de alivio, de emoción, de puros nervios. Y dice la bata blanca: “Oye, hemos dicho que no se llora.” Y luego: “No le hagas ni caso, ¿eh? Ha llorado un poquito al principio, pero luego ha estado fenomenal. Se lo ha comido todo, ha echado la siesta y ha visto una película. ¿Verdad que sí?” Y nuestra pareja, con una gran sonrisa: “Bueno, te lo has pasado muy bien. Mañana volvemos, ¿a que sí?”
No podemos seguir negando las profundas implicaciones emocionales que tienen las guarderías para nuestros hijos, a veces también para nosotros. No podemos ignorar las consecuencias, los efectos que producen en el desarrollo emocional de los pequeños.
No vivimos en un mundo ideal, vivimos aquí y ahora, y somos conscientes de que no es realista pretender que nuestros bebés, niñas y niños dejen de ser criados en las guarderías. Para muchos de nosotros, aislados en familias nucleares, carentes de redes sociales de apoyo, es la única solución.
¿Qué podemos hacer entonces nosotros, como madres y padres, como educadores y responsables de los centros en que se están criando nuestros hijos? ¿Qué podemos hacer a corto plazo, qué podemos hacer aquí y ahora para ayudar a nuestros pequeños a integrar esa vivencia de la forma más humana y más respetuosa posible? La implacable maquinaria de la sociedad en que vivimos a menudo no nos deja elección. Pero, por pocas opciones que tengamos, siempre nos queda la opción de la verdad y del amor: ser honestos, reconocer el sufrimiento de los niños y humanizar los lugares de crianza.

Seamos honestos
No nos engañemos. Los bebés y los niños pequeños (aclaremos que, a lo largo del texto, nos estamos refiriendo a los niños y niñas en estado fusional, previo a la adquisición del concepto del “yo”, de la toma de conciencia de su individualidad, de su ser “otra persona”, y que suele acontecer entre los dos y los tres años de edad) no necesitan las guarderías PARA NADA. Ni para relacionarse con otros niños, ni para socializarse, ni para acostumbrarse, ni para hacerse más independientes.
Hoy es costumbre dejar las opiniones en temas de crianza en manos de expertos con diplomas. Las madres y padres nos consideramos profanos, solicitamos pautas y consejos de psicólogos, pediatras, pedagogos… ¿Y no nos dicen acaso los expertos en psicología evolutiva que hasta los tres años, en todo caso no antes de los dos, el niño no es capaz de desarrollar verdaderas relaciones sociales? ¿Por qué en este caso concreto decidimos desoírlos?
¿Y por qué ese miedo a empezar directamente el colegio a los tres años sin haber pasado por la guardería a los dos? ¿Por qué asumimos que será más fácil adaptarse con dos años que con tres, con menos capacidad de entendimiento, con menos madurez, con menos autonomía?
Las guarderías no son una necesidad de los niños, son una necesidad de las madres y los padres.
Las guarderías no les vienen bien a los bebés ni a los niños pequeños. Y no nos referimos al ciclo de enfermedades sucesivas que se suele iniciar con el ingreso del niño en el centro (sin entrar ahora en consideraciones sobre si los niños enferman debido a los virus compartidos o como manifestación de su malestar emocional). Nos referimos a que no colman sus auténticas necesidades.
Seamos honestos, consideremos nuestras necesidades y las de nuestros niños sin prejuicios, sin dejarnos convencer por ideas preestablecidas. ¿Qué necesitamos nosotros de verdad, y qué necesitan ellos?
Nosotros, como adultos, necesitamos dedicarnos a una actividad profesional, relacionarnos con otros adultos, salir al mundo exterior, liberarnos momentáneamente de la absoluta dedicación física y emocional que exige la crianza. A menudo acudimos a las guarderías porque no disponemos de otras opciones (ayuda familiar, redes de apoyo vecinal, posibilidades económicas de contratar ayuda doméstica, etc.) o porque nos parece la más adecuada, o la menos mala. Pero, sea cual sea nuestro motivo, lo cierto es que la guardería colma nuestra necesidad concreta.
Ahora bien, ¿qué necesitan realmente los niños? Los bebés y las niñas y niños en edades tan tempranas tienen pocas necesidades, aunque fundamentales e imperiosas: aparte de los cuidados materiales de supervivencia, necesitan apego, contención emocional, contacto físico, espacio para el descubrimiento y respeto por sus ritmos de desarrollo; necesidades todas orientadas al florecimiento de su personalidad. Pero, aparte de los cuidados materiales (seguridad, higiene, alimentación…) y de un ambiente cordial, ¿qué les ofrecen las guarderías? Juego dirigido, ocio programado, imposición de horarios, inglés, psicomotricidad, estimulación intelectual, clases de natación, fiestas de disfraces. Es decir, nada de lo que realmente necesitan a esas edades, nada que sea mejor que lo que tendrían permaneciendo en su hogar, en un entorno emocionalmente contenedor, al cargo de personas cercanas, vinculantes y amorosas.
Seamos, pues, honestos. Reconozcamos nuestras verdaderas necesidades, nuestros motivos auténticos. Y hablemos con nuestros bebés y nuestros niños. Que sepan por qué han de pasar el día fuera de casa y cómo nos sentimos nosotros por ello. Que sepan que entendemos sus sentimientos y los aceptamos. No importa que no sepan servirse de nuestro lenguaje hablado. Decía Françoise Dolto que todo es lenguaje, y que el ser humano goza de la misma capacidad de comprensión desde su concepción hasta su muerte. Démosles esa oportunidad.

Reconozcamos que nuestros niños sufren
Para los bebés y las niñas y niños pequeños, las implicaciones emocionales del ingreso en una guardería son importantes. Si el niño ya ha adquirido el concepto del “yo”, si ya entiende que es “otra persona”, si tiene la suficiente madurez emocional, estas implicaciones no tienen por qué ser necesariamente negativas. Pero SIEMPRE son importantes, y nosotras creemos que nuestros niños merecen que por lo menos nos tomemos la molestia de considerarlo.
Sin embargo, tratándose de bebés y de niñas y niños más pequeños, de los que todavía están en estado fusional completo, el impacto emocional de la separación es más serio. Pues en este caso lo importante no es la guardería en sí, sino la separación. Los bebés y las niñas y niños pequeños de edades tan tempranas conciben el mundo y se relacionan con él a través de una persona de referencia: su madre, su padre o la persona que los esté ”maternando”. Con esta persona desarrollan el apego, la relación primaria que será la base de su capacidad de relacionarse en el futuro con todas las demás personas. La separación forzada de su figura de apego trastorna completamente su realidad emocional, pues los deja incapaces de comprender el mundo. Y los bebés no tienen realidad intelectual, ni racional, ni práctica, ni lógica. ¿Podemos sinceramente creer que este hecho no es grave, que no merece que como mínimo nos planteemos lo que representa para el niño?
Actualmente las guarderías nos presentan el llamado “periodo de adaptación” como la herramienta definitiva para superar sin traumas el choque con la nueva realidad cotidiana que se impone a los niños, basándose en un hecho incuestionable: que los niños se adaptan a todo.
Pues sí, es cierto, los niños se adaptan a todo. Se adaptan al abandono, al hambre, a la guerra, a la enfermedad, a la pobreza. Se adaptan porque sin adaptación no hay supervivencia. Eso es lo maravilloso y a la vez aterrador de la integridad de las criaturas humanas en estado de infancia: que se adaptan a todo, que son capaces de todo, que lo perdonan todo y que pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, nos quieren igual y encuentran su felicidad siempre y en cualquier parte. Ésa es la grandeza de los niños, y ésta es la miseria de los adultos: aprovecharnos de su capacidad de adaptación, servirnos de ella y utilizarla para justificar las decisiones que en nuestro beneficio les imponemos.
Se adaptan, pero no sin consecuencias. Que sean capaces de adaptarse no es razón para obligarlos a adaptarse. Y aun cuando no nos quede otro remedio, que se vean obligados a adaptarse no es razón para no reconocer el sufrimiento que eso les ocasiona. No seremos honestos con nuestros bebés y nuestros niños y niñas mientras no reconozcamos la violencia que supone el dejarlos en manos de personas desconocidas. Mientras no reconozcamos su derecho a sentirse aterrorizados o incluso simplemente molestos o en desacuerdo. Mientras les sigamos exigiendo que no lloren al sentirse abandonados. Mientras no comprendamos el abismo desolador que representa verse en un entorno extraño para un ser que no es capaz de entender el concepto de tiempo, ni de interpretar los códigos de la comunicación humana, y que carece de las referencias básicas para descifrar el funcionamiento social y físico del mundo.
Escuchamos diariamente en las guarderías, a la hora de la salida, por parte de madres, padres, abuelos y educadores, frases como “no se llora”, “los amiguitos no lloran”, “eres el único que está llorando”. ¿De verdad pensamos los adultos que los niños, cuando se echan a llorar, no se sienten mal? Si les duele algo a nuestros niños, en el cuerpo o en el alma, reconozcamos su sufrimiento y démosles el derecho de expresarlo. No deberíamos negarles la expresión, legítima y liberadora, curativa, de ese dolor genuino. Si no podemos evitarles esa experiencia, no lo empeoremos obligándolos a reprimirse. Ayudémoslos aceptando su llanto con comprensión y compasión, sin imponerles tiempos ni plazos, sin juzgarlos, sin hacerles creer que no tienen motivos para sentirse mal. No tengamos miedo. Alegrémonos de que nuestros hijos sigan siendo capaces de llorar cuando nos vuelven a ver. Los niños que no lloran no son siempre niños felices, sino tal vez simplemente niños resignados.

Por unos centros de crianza más humanos
Creemos poder afirmar que todos estamos de acuerdo en que serían deseables algunas mejoras en las guarderías de nuestros hijos. Principalmente un menor número de niños al cargo de cada adulto, normas más flexibles y un trato más personalizado, más adaptado a la individualidad de cada niño.
En un mundo ideal habría un adulto para ocuparse de cada niño, pero seguimos viviendo aquí y ahora, y también nosotros, como madres y padres, hemos de adaptarnos. Sin embargo, sin caer en la utopía, sería posible hacer de nuestras guarderías lugares más humanos, más respetuosos y más beneficiosos para el equilibrio emocional de todos.
No hablamos de grandes inversiones, ni de mejores infraestructuras, ni siquiera de onerosos aumentos de personal. Aunque todo esto sería deseable, bastaría con empezar simplemente introduciendo determinados cambios de actitud. Por ejemplo, ya que tanto escuchamos hablar de ellos, reorientando los procesos de adaptación.
Una de las normas más habituales de las guarderías es que la presencia de los padres en el centro debe limitarse a lo estrictamente necesario. En ocasiones no se les permite siquiera el acceso a las dependencias del centro. ¿Qué nos hace pensar que esto sea beneficioso para el niño? Lo dejamos en manos de completos desconocidos y hacemos todo lo posible para que sigan siendo desconocidos. Hemos de entender que al separar al niño bruscamente de su figura de apego habitual, e introducirlo en un entorno en que carece de ella, le quitamos todos los medios de que dispone para comprender el mundo, lo dejamos emocionalmente aislado, en absoluta soledad. Si tenemos que llevarlo a la guardería no podremos evitarle la separación de su figura de apego, pero nosotras creemos que podríamos reducir en gran medida su sufrimiento ayudándolo a vincularse con sus cuidadores. Conseguiríamos que éstos dejasen de ser extraños con mucha más rapidez, con naturalidad y sin violencia emocional si permitiésemos a las niñas y niños presenciar y compartir una relación real entre madre o padre y cuidadores, si las madres y los padres fuesen admitidos en los centros, si los cuidadores procurasen los primeros cuidados a los bebés en presencia de la madre o el padre, si los niños entrasen en relación con sus cuidadores a la vez que éstos entran en relación con sus madres o sus padres.
Se trataría pues de una reorientación global del proceso de adaptación: concibiendo la adaptación como integración, no como separación.
Entendemos que esto interferiría, aunque sólo fuera de forma provisional, con el normal funcionamiento de unos centros que actualmente no están preparados, en términos de espacio, personal e instalaciones, para acoger a madres y padres, hijas e hijos simultáneamente. Evidentemente también perturbaría los horarios de las madres y los padres, les exigiría más tiempo y más dedicación que el sistema que practicamos actualmente. Pero es cuestión de organización, de establecer turnos y horarios, de no empezar todos el mismo día. Es cuestión de implicarse. Es cuestión de prioridades. ¿Por qué otorgar siempre más importancia a los horarios y a las cuestiones organizativas que al bienestar emocional de nuestros niños?

 

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Foto: Ryan Glanzer


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