La invención de la celulitis
La celulitis apareció en los discursos científicos de principios del siglo XX, y posteriormente ciertas revistas francesas la popularizarían entre el gran público entre las décadas de 1920 y 1940. Rosella Ghigi establece una conexión entre la invención de la celulitis y el sentimiento de culpabilidad moral respecto a la obesidad durante el periodo transcurrido entre las dos guerras mundiales. La celulitis forma parte de una larga historia de fantasías sobre “feminidades desbordantes”.
Cuando la celulitis penetró en el imaginario colectivo de muchos países, como por ejemplo en Francia, inmediatamente contó con el apoyo de la incipiente industria cosmética y de los institutos de belleza: los masajistas son los auténticos pioneros en la detección de la celulitis.
En la década de 1930, la belleza dejó de ser un don, pasando a convertirse en un objetivo que la mujer debía alcanzar. De repente, pasó a ser la señal visible de un trabajo que se realiza en el cuerpo y de una autovigilancia permanente.
Así, revistas como Marie-Claire, y sobre todo Votre Beauté, se pusieron manos a la obra con el objetivo de construir una nueva silueta ideal para la mujer francesa del periodo de entreguerras. El tema de la celulitis aparecería por primera vez en Votre Beauté en febrero de 1933, en un artículo del doctor Debec sobre los ejercicios para combatir la grasa, ya convertida en un problema: “Es una acumulación de agua, residuos, toxinas y grasa que forma una mezcla contra la cual es muy difícil luchar.”
En la década a la que nos estamos refiriendo, ese imaginario congenia perfectamente con el elogio, propio de la extrema derecha, de un estado primigenio y de la vida campesina, que incluía un desprecio hacia la vida cosmopolita y un miedo respecto a los grandes conflictos urbanos. En otras palabras, la celulitis era el resultado de la civilización, de la vida en las grandes ciudades y, por tanto, de la decadencia. Encarnaba la fealdad moral de aquellas mujeres que aceptaban las modas de la vida moderna.
Desde ese momento, la celulitis -originada por la obesidad- pasaría a representar una intoxicación vinculada al estado sedentario de las mujeres, lo que implicaría que la mujer se sintiera culpable por lo que le sucedía a su cuerpo.
Así pues, la celulitis aparece en una época en que las mujeres empiezan a tener una nueva visibilidad en el espacio público, en la que acceden al mercado del trabajo remunerado; la delgadez permite tener a las mujeres bajo control, y también sirve para que ellas se controlen a sí mismas.
Pero aunque el corsé desapareció a principios del siglo pasado, gracias al modisto Paul Poiret, otro corsé tomó su relevo para seguir controlando a la mujer y mantener su cuerpo bajo una estricta tutela: un corsé invisible. El de la mirada de los otros, y el del modo en que ella misma mira su cuerpo y su espíritu.
Éliette Abécassis y Caroline Bongrand en “El corsé invisible. Manifiesto para una nueva mujer”
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