En el fondo, la única verdad que puede tener algún interés para nosotros, o que nosotros podemos alcanzar, es una verdad humana. Y para descubrirla hay que buscarla con todo el ser, y no con una de sus partes especializadas. Lo que los científicos se esfuerzan por penetrar es una verdad no humana. No es que lo consigan jamás completamente, porque ni aun un científico puede dejar completamente de ser humano, pero pueden alejarse hasta cierto punto del mundo humano de la realidad. (…)
Esta verdad no humana que los científicos tratan de penetrar con sus intelectos nada tiene que ver con la existencia humana ordinaria. Nuestra verdad, la verdad humana que nos interesa, es algo que se descubre viviendo, viviendo completamente, con la totalidad del ser. (…) todas estas famosas teorías (…) no tienen absolutamente nada que ver con la única verdad que nos importa. Y la verdad no humana no solamente nos es extraña, es también peligrosa. Distrae la atención de las gentes de las importantes verdades humanas. Les hace falsificar sus experiencias a fin de que la realidad vivida se conforme a la teoría abstracta. (…)
El hombre no puede abolir completamente sus sensaciones y sus sentimientos sin aniquilarse físicamente a sí mismo. Pero puede despreciarlos después del hecho. Y, de hecho, eso es lo que hace un gran número de personas inteligentes y cultas: despreciar lo humano en interés de lo no humano. Su móvil difiere del de los cristianos; pero el resultado es el mismo. Una especie de autodestrucción. Siempre lo mismo (…). A cada tentativa de ser algo mejor que humano, el resultado es siempre el mismo. Muerte, una forma u otra de muerte. Trata uno de ser más de lo que es por naturaleza, y lo que hace es matar algo en sí mismo y convertirse en mucho menos. Estoy hasta la médula de todas esas necedades acerca de la vida superior, el progreso moral e intelectual, el vivir para el ideal y demás cosas por el estilo. Todo eso conduce a la muerte. Tan infaliblemente como el vivir para el dinero. Los cristianos y los moralistas, y los estetas cultivados, y los jóvenes y brillantes científicos, y los negociantes de la escuela de Samuel Smiles, todas las pobres ranas humanas que tratan de inflarse como bueyes de pura espiritualidad, de puro idealismo, de pura eficacia práctica, de pura inteligencia consciente, y que, ¡paf!, revientan simplemente para convertirse en meros fragmentos de rana y, lo que es más, fragmentos en descomposición. Todo eso es una vasta estupidez, una enorme y repugnante mentira. (…)
Ni cuerpo, ni contacto con el mundo material, ni contacto con los seres humanos, salvo por medio de la inteligencia, ni amor… (…) Han admitido ustedes la fornicación promiscua, eso es todo. Pero no el amor, no el contacto y la corriente naturales, no la renunciación al orgullo mental, no el hecho de abandonarse al instinto. No, no. Ustedes siguen fieles a su voluntad consciente. Todo debe ser expressément voulu, en todo tiempo. Y las relaciones han de ser puramente mentales. Y la vida ha de ser vivida, no como si fuera la vida de un mundo de seres vivientes, sino como si estuviera compuesta de recuerdos, de imaginaciones y de meditaciones solitarias. Una interminable masturbación, como el grande y horrible libro de Proust. Ésa es la vida superior. Que es el nombre, expresado con eufemismo, de la muerte incipiente. (…)
(…) el único acto absolutamente malo que el hombre puede ejecutar es un acto contra la vida, contra su propia integridad. Hace mal cuando se pervierte, cuando falsifica sus instintos. (…)
Si los hombres se entregaran a la satisfacción de sus instintos solamente cuando los sienten auténticamente, como los animales que usted tanto desprecia, maldito si no se portarían mucho mejor de lo que se portan hoy la mayoría de los seres humanos civilizados. No es el apetito natural ni el deseo instintivo espontáneo lo que hace al hombre tan bestial… No, “bestial” no es la palabra que conviene, pues envuelve un insulto a los animales… Digamos tan excesivamente humano en su maldad. Es la imaginación, es el intelecto, son los principios, es la tradición y la educación. Abandónense los instintos a sí mismos y se verá que hacen muy poco daño. Si los hombres no hicieran el amor sino cuando los arrastra la pasión, si se batieran únicamente cuando los embarga la cólera o el terror, si se apropiaran de las cosas tan sólo cuando tuviesen necesidad de ellas o los arrebatara un irresistible deseo de poseer, entonces, yo se lo aseguro, este mundo se parecería mucho más al reino de los cielos de lo que se parece bajo nuestro régimen cristiano-intelectual-científico actual. No es el instinto (…); es un prurito imaginativo que estimula artificialmente el apetito, que estimula los deseos desprovistos de existencia natural. (…) No es el instinto de posesión el que ha enloquecido a la civilización moderna acerca del dinero. Ese instinto tiene que ser estimulado artificialmente sin cesar por la educación, la tradición y los principios morales. Es preciso que a los atesoradores de dinero se les diga que el acaparar dinero es una cosa noble y natural, que la economía y la industria son virtudes, que el persuadir a las gentes a comprar lo que no necesitan es un deber cristiano. Su instinto de posesión jamás sería bastante fuerte para moverlos a seguir embolsando de la mañana a la noche durante toda su vida. Tiene que ser constantemente estimulado por la imaginación y la inteligencia. Y luego, piense usted en la guerra civilizada. Para que los hombres se batan es preciso obligarlos por la ley y estimularlos por la propaganda. Se haría más en favor de la paz diciéndoles a los hombre que obedecieran los dictados espontáneos de sus instintos que fundando una cantidad de Sociedades de Naciones.
Aldous Huxley en “Contrapunto”
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