Pasatiempos filosóficos

No sería excesivo afirmar que las revoluciones culturales de nuestro siglo están determinadas por la lucha de la humanidad por el restablecimiento de las leyes naturales de la vida de amor. Esa lucha por lo natural, por la unidad de la naturaleza y la cultura, se revela a sí misma en las distintas formas del anhelo místico, las fantasías cósmicas, las sensaciones “oceánicas”, el éxtasis religioso, y particularmente en el desarrollo progresivo de la libertad sexual, es inconsciente, está llena de conflictos neuróticos, de angustia, y es susceptible de adoptar las formas que caracterizan las tendencias secundarias y perversas. Una humanidad que durante milenios se ha visto forzada a actuar en contradicción con sus leyes biológicas fundamentales y, en consecuencia, ha adquirido una segunda naturaleza, o más propiamente una contranaturaleza, por necesidad caerá en un frenesí irracional cuando trata de restaurar la función biológica y al mismo tiempo le tiene miedo.

La era patriarcal autoritaria de la historia humana intentó mantener frenadas las tendencias secundarias antisociales, con la ayuda de compulsivas restricciones morales. Así, lo que se llama individuo culto vino a ser una estructura viviente compuesta de tres capas o estratos. En la superficie lleva la máscara artificial de autocontrol, de la amabilidad compulsiva y falsa de la socialidad artificial. Esa capa cubre la segunda, el “inconsciente” freudiano, en que el sadismo, la codicia, la lascivia, la envidia, las perversiones de toda índole, etc., se mantienen sujetos, aunque no pierden por ello nada de su poder. Esa segunda capa es el producto de una cultura que niega lo sexual; conscientemente, sólo se vivencia como un abismal vacío interior. Por detrás de ella y en las profundidades, viven y operan la sexualidad y la socialidad naturales, el goce espontáneo del trabajo, la capacidad de amar. Esa tercera y profunda capa, que representa el núcleo biológico de la estructura humana, es inconsciente y muy temida. Está en desacuerdo con todos los aspectos de la educación y el régimen autoritarios. Es, al mismo tiempo, la única esperanza real del hombre de llegar a dominar alguna vez la miseria social.

Todas las discusiones acerca del tema de si el hombre es bueno o malo, si es un ser social o antisocial, son en realidad pasatiempos filosóficos. Que el hombre sea un ser social o una masa protoplasmática de reacciones irracionales, depende de si sus necesidades biológicas fundamentales están en armonía o en conflicto con las instituciones que él mismo ha creado. Por ello es imposible relevar al hombre trabajador de su responsabilidad por el orden o el desorden, o sea, de la economía, individual y social, de la energía biológica. Delegar entusiastamente esa responsabilidad en algún Führer o político se ha convertido en uno de sus rasgos esenciales, puesto que no puede ya entender ni a sí mismo ni a sus propias instituciones, de las cuales sólo tiene miedo. Fundamentalmente es un ser desvalido, incapaz de libertad, y que clama por autoridad, pues no puede reaccionar espontáneamente; está acorazado y espera órdenes, porque está lleno de contradicciones y no puede confiar en sí mismo.

Wilhelm Reich en “La función del orgasmo”

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